Francisco Flórez-Osorio Osorio de Escobar

El primogénito de don Gabriel, don Francisco Luis Flórez-Osorio y Osorio de Escobar, natural de Cobrana, fue vecino y regidor de León. Aunque se sabe que su pronto fallecimiento en vida de su madre explica su escasa contribución a su Casa y Mayorazgo, don Francisco Luis participó activamente en las contiendas políticas y sociales de la convulsa Castilla de la época.

Estuvo casado con doña María Josefa Mariconda y Vargas. En 1652 don Francisco Luis fue investido caballero de la Orden de Santiago, orden religiosa y militar fundada en 1161 en el Reino de León para defender a los peregrinos de Galicia y hacer retroceder a los musulmanes de la Península Ibérica.

Curioso fue el pleito ruidoso que ocasionó su desafío con el caballero leonés don Antonio Rubín de Celis, el día 17 de julio de 1660.

 

«[..] el vizconde mató a su contrario, aunque él quedó gravemente herido en la cabeza y con el pecho atravesado de unas estocada, habiendo sido la pendencia junto a las puertas de la Colegiata, a cuyo asilo se acogió el mal herido vizconde; [...] cuando llegó la justicia a prender al vizconde [...] intentó el alcalde mayor con sus alguaciles entrar en San Isidoro [...], siendo lo más curioso que [...] se encontró con un grupo de frailes de San Francisco, los cuales, armados de «asadores y otras armas», echaron el alto a la justicia e impidieron el paso; el alcalde mayor pasó aviso al abad, quien apareció en escena [...] [y] les intimó a que abandonaran su palacio, pero los frailes [...] se mantuvieron firmes en su trinchera, hasta que intimidados los alguaciles se retiraron y con ellos la turba. Volvió solo el alcalde mayor de León con animo de buscar al vizconde, en ocasión que el abad [...] dió permiso al alcalde para que reconociera la Colegiata con protestación de que si hallaba al vizconde y trataba de prenderle, procedería contra él por censuras, y como después de haber registrado toda la casa, no diera con el cuarto donde se hallaba en cama el refugiado, se fue y volvió acompañado del corregidor [...], alguaciles y tropas de gentes, decidido a sacar al vizconde, [...] pero les salió al encuentro [...] el Vicario General de la Abadía y les conminó con censuras si osaban proseguir en su empeño, y ante el temor de las censuras se retiraron, [...], y habiendo atendido a razones el corregidor, [...], el prior [...] le mostró al vizconde en el lecho y varios días seguidos el corregidor vino a San Isidoro a ver al vizconde, [...]: pareciéndole que ya tenía seguridad de prenderle [...], se aventuró a dar un golpe de mano. El día 22 de julio, estando en coro los canónigos, el corregidor asaltó el edificio con gran número de gente armada, [...]; los canónigos, ante semejante invasión, [...], se llegaron a las puertas de la calle y las cerraron, dejando adentro al corregidor con su gente [...] y le pidieron que desalojase al punto la casa de aquella turba, [...]; acalorado el corregidor dió orden al alcalde mayor para que hiciera tocar a asonada las campanas de todas las parroquias, y [...] mandó que todos acudiesen con sus armas a San Isidoro [...]; la inmensa multitud de gente armada que llegó con el alcalde mayor, pretendió derribar las puertas de la Colegiata con hachazos, [...] y como no lo lograron, invadieron el palacio [....]. El corregidor [...] procedi[ó] a «un registro minucioso del Cuarto de los Priores» [...] notando con rabioso despecho que el vizconde, [a quien] había visto con sus propios ojos [...], no parecía [...] [y] pidió permiso al abad para buscar al homicida [...], pero fracasado en su intento de ver al herido si los canónigos no se lo mostraban buenamente, abandonó la Colegiata, cesando definitivamente en sus pretensiones. El abad actúa entonces, denunciando a[nte] el clero de León, al corregidor y al alcalde mayor como excomulgados por él, [...] y recuerda a todos los eclesiásticos que el rey, como Patrono de la Colegiata, defenderá su derecho temporal, y Su Santidad, como único Ordinario de San Isidoro, obligará a guardar las censuras impuestas por medio de su Nuncio, si a ello daba lugar. [...] se probó que el abad de San Isidoro tenía jurisdicción ordinaria con territorio conocido; que los representantes de la Justicia Real, corregidor y alcalde, violaron la inmunidad eclesiástica y habían incurrido en las censuras que contra ellos fulminó el abad. [...] Terminado el pleito, los Sres. Corregidor y Alcalde se reconocieron culpables ante el abad y le pidieron la absolución [...], quien ordenó a su Vicario General se la concediese [...].»

 

El suceso fue así contado por el abad y prior de San Isidoro don Julio Pérez Llamazares en su libro Historia de la Real Colegiata de San Isidoro de León publicado en León en 1927. 

El 22 de julio de 1660, el claustro de la Colegiata se llenó de una multitud armada bajo las órdenes del corregidor para prender, sin éxito alguno, al vizconde.